ALE LERNER ..."QUIERO CURTIR UNA VIDA MAS FAMILIAR""

Aquí es el rey. Dos, tres mujeres lo atienden: lo alimentan, lo visten y saben darle calma. En el living posterior de esta casa en un barrio privado de Pilar, él sonríe y capta todo alrededor.


En el primer piso, allá en el estudio de grabación, hay un cuadro enmarcado de Alejandro Lerner en los años ‘80 y, delante de una gran consola, dos monitores prendidos: en un fondo de pantalla están Los Beatles, en otro la imagen de su madre. Y aquí abajo, en un sillón a metros del parque y la pileta, Alejandro Lerner sonríe junto a Marcela García Ibañez -su esposa- y a su suegra: ellas no lo miran a él sino a un bebé de un mes en su cuna, que mira el mundo con ojos inquietos. Alejandro Lerner lo observa con suavidad: “Este es Thomas, mi hijo. Nació el 17 de enero y estoy profundamente sensibilizado”.
A los 57 años, Alejandro Lerner oye la respiración del bebé y acompasa sus propias pulsaciones con el canto de los pájaros, allá arriba, en el parque. Lentamente, camina en sandalias por el pasto, siente a las chicharras bajo el sol y se sienta en una reposera a la sombra. A su derecha, contra la medianera, hay una figura de dos metros: una estatua de Buda por la que corre agua. “Es una fuente que traje de Estados Unidos. Yo soy también seguidor de sus enseñanzas”, vibra Lerner.
Hace siete años que vive con Marcela en Pilar. Hace cinco nació Luna Lerner, y en enero el círculo se completó al llegar su hijo varón. “Thomas, 12 días, primer concierto”, tituló Lerner al video que subió a su cuenta de Facebook: sentado al piano de cola, “improvisé una melodía jugando con una progresión de acordes, mientras Marcela sostenía a Thomas”, sonríe el artista, mirando el agua que corre sobre el Buda. “Hoy, la familia es lo más importante para mí. Eso sí, quiero editar este año el disco que debería haber salido mucho antes. Lo iba a llamar Sueño de elefante, pero se lo voy a cambiar porque la idea fue para otro lado”, sostiene. “Es una deuda para mí, y no me gusta dejar deudas. Ese trabajo se sigue metamorfoseando -avizora Lerner-. En tanto, tengo un montón de conciertos por delante, y quiero hacer un libro de memorias: se va a llamar Antes que me olvide. Va a ser el libro de mi vida”.
¿Cómo es ser padre a los 57 años?
“Es increíble: es una gran responsabilidad. Un sueño”, sonríe Lerner, de abundante pelo negro, barba candado y rostro juvenil, aun con sus leves ojeras. Lleva cuarenta años arriba de los escenarios (de Argentina y de todo el mundo), pero el sábado 7 de marzo, en el Jackie Gleason Theater de Miami, va a presentar un show de celebración de “30 años”.
El disparador será una garantía: las tres décadas desde que compuso y grabó Todo a pulmón (cuando aún no se hablaba de “hits”), la canción que -en plena vuelta democrática- lo instaló entre el prestigio y la fama.
Lerner deja que fluya la memoria: “A mis veinte años ya tenía miles de millas, porque había tocado con cantantes populares y con un montón de gente del rock”. La enumeración no le pesa: “Estuve con Raúl Porchetto, León Gieco, Nito Mestre, Miguel Cantilo, Gustavo Santaolalla (en el grupo Soluna). Hasta grabé solos de piano Hammond para Pappo”, celebra el pianista, productor y cantautor.
Pero Lerner, reconocido a nivel internacional por sus baladas y sus melodías infalibles -a la par de sus producciones-, es un tipo con alma de jazz y cierta nostalgia más allá de geografías. En su casa, arriba del piano de cola hay un libro de partituras de dos pianistas: Bill Evans y Horacio Salgán. “Mi formación es muy amplia. Yo hice música electrónica; estudié musicología; me formé en jazz con Juan Carlos Cirigliano, en clásico con Antonio de Raco, y también con Manolo Juárez. Fueron mis tres grandes maestros acá”.
Claro que de aquellos primeros años de agite de rock pasó a otro mundo: el de Lerner para millones. “Me fui a vivir a Los Angeles y desde entonces voy y vengo. Pocos músicos argentinos tocaron con toda la gente con la que toqué”, dice.
Porque la magia, para Lerner, continuará por siempre. “En casa nos juntamos con los viejos de Marcela, sus hermanas, los chicos, y vemos películas en familia. Es una vida que yo no tuve, porque a los 16 años empecé a tocar rock y no paré hasta los 50, cuando me dije ‘no quiero perder tiempo lejos de mi vieja’. Ella falleció en marzo de 2014”. En eso suspira: “Mi vida profesional fue siempre muy agitada y con muchas cosas: cantar, componer, producir, hacer música para películas, estar un poco en Los Angeles y otro poco acá ... Mi corazón quería curtir una vida familiar. La que no tuve, porque mi viejo murió cuando yo tenía 21, y dos años después empecé mi carrera”. Aunque “yo laburaba desde los 16: acompañé cantantes hasta en casamientos, en un cabaret, en donde hubiera laburo. Yo me moría por tocar. Eso no bajó un centímetro, jamás”.
El sol se aleja. En el living, Marcela arropa a Thomas, y Luna corre alrededor. Lerner los mira y lo nota: las chicharras ya no cantan. “Te digo algo: yo cuento mucho los años y por eso me cuido. Yo no invito a un hijo, a una hija, si no voy a estar para acompañarlos. Mi compromiso es estar súper entero para ellos”.

“Cacho Castaña tiene gran una entereza”
Alejandro Lerner siempre busca algo clave junto a los colegas y los afectos ineludibles. “Que mi escenario sea de invitación. Me gusta recibir a los amigos y también ir a verlos cuando no están bien”, dice pensando en Cacho Castaña, a quien visita muy seguido. “Cacho tiene una gran entereza. Está encaminado a estar mejor, ya que pasó por muchas situaciones extremas con su salud y tuvo problemas con su cadera... Pero vos hablás con él y dentro de ese cuerpo que ha sufrido mucho está Cacho. Está recontra lúcido y tiene humor hasta para contar su situación. Creo que lo va a superar”. Se conocieron “no hace muchos años, pero es una relación profunda. Lo quiero mucho y también toda mi familia. Lo acompañamos en las buenas y en las malas. Para mí es un orgullo llevarle una canción y preguntarle ‘¿te gusta?’. A medida que pasan los años, los amigos se valoran más: ellos son la familia que uno elige”.

El sueño de los hijos: de Palermo a Pilar
“Buenas tardes. Vengo a ver la casa”, saludaba Alejandro Lerner siete, ocho años atrás, al recorrer este barrio privado de Pilar en busca de su nuevo hogar. “Luego la traje a Marcela y le encantó. Acá se crió mi hija Luna y ahora vino Thomas ...”. Y se queda pensando: “No, antes vino Pancho, un perrito flaquito que vio Marcela: si el veterinario no le daba más de dos días de vida”. Pero sobrevivió: es un enorme animal dorado, que este viernes, una y otra vez, alza el hocico para que le den un sándwich de miga. Lerner le sonríe pero no le convida. “Cuando tenía 50 pirulos, me dije: ‘Es tiempo de cambiar: de tener un perro, jardín, pileta’. Ya conocía a Marcela y soñaba con tener hijos”. ¿Y antes? “Vivía en Palermo, cerca de mi madre, mi hermana, y también de mis terapeutas”. Pero “cuando con Marcela nos fuimos a vivir juntos no había ni un lugar en el ropero. Era un bulín donde tuve mis historias afectivas anteriores y la cama tenía ya mucha historia. Fue entre mis años treinta y mis cincuenta cuando viví la parte joven de mi vida adulta. No sólo de mi carrera”.