Ringo Starr en Buenos Aires

La verdadera All Starr Band se juntó a la tarde, no a la noche, y no subió al escenario: Charly García y David Lebón, invitados de los soportes Durabeat, compartieron un ameno momento fotográfico con Ringo frente al panel con logos de la empresa organizadora por el que minutos más tarde pasaron Joaquín Levinton, Agustina Cherri, Bobby Flores y Juan Carr. La All Starr Band que sí estuvo en las tablas contó con un solo nombre rutilante (Todd Rundgren, excelso arquitecto pop y solista exitoso por mérito propio) y varios obreros destacados del rock y el pop que cumplieron con su misión de dar espectáculo.

Pero claro, discutamos el concepto de "espectáculo" primero. A esta altura no vamos a pecar de ingenuos y rasgarnos las vestiduras ante el rock esponsorizado, pero sí cabe señalar lo bien que se inserta hoy Ringo en ese rock que equivale a ir al teatro pero con un bonus de trascendencia. El baterista beatle, con su slogan de paz y amor en loop, su continua celebración de la alegría y su grupo tan abrumadoramente eficiente, fue sin dudas la persona indicada para llevar adelante la tarea que el evento pedía, esto de entretener mientras se sugiere que vendría bien cambiar el mundo. Así, familias enteras que sólo querían corear "Yellow Submarine"... corearon "Yellow Submarine". Muchos treintañeros y cuarentones bramaron de juventud perdida ante los temas de Toto y Mr. Mister ("Esa es de Alan Parsons", gritó un muchacho cuando sonó "Broken Wings", mientras una chica de no más de veinte la shazameaba, más dignamente) que interpreta con los miembros de su banda. Y todo el mundo se fue contento, más allá de los momentos en los que el oficio de la All Starr y su karaoke arrimaba al tedio.
"Matchbox" de Carl Perkins y "It Don't Come Easy", un uno-dos a la memoria emotiva, dieron por comenzado el concierto. Pero inmediatamente después pasó "Wings" (corte de Ringo 2012) y comenzó la primera rockola, con una colorida versión de "I Saw the Light" de Rundgren, el ritmo dionisíaco de "Evil Ways" (responsabilidad del tecladista Gregg Rolie), "Rosanna" de Toto (Steve Lukather, sin dudas el Nº2 de la banda, demostró ser un guitarrista sólido o pirotécnico, según la ocasión lo pida), "Kyrie" de Mr. Mister (por Richard Page, claro) y demás. Cuando el clima Aspen empezaba a abrumar, Ringo se sentó en la batería, acomodó el micrófono y anunció una canción "que hacía en una banda en la que solía estar... Rory Storm and the Hurricanes". Y entonces sonó "Boys", y luego "Don't Pass Me By" y todo fue un oasis de beatlealidad que culminó en la mencionada "Yellow Submarine", el primer momento del show en el que uno realmente podía tomar conciencia de que estaba ante de los dos miembros vivos de la banda más importante de la historia. 80 mil personas permitiéndose ser infantiles, sonsos, lindos, entonando al unísono su oda a un submarino psicodélico. Momento clave.
Pero claro, Ringo tiene que descansar y vuelve el karaoke, eficaz y profesional, pero un tanto agotador para quienes van al concierto de un artista queriendo escuchar temas del repertorio de ese artista (no sonaron "Octopus Garden" ni "You're Sixteen" ni "Only You" ni "The No-No Song", por ejemplo). Primero la banda ofrece una versión incendiaria de "Black Magic Woman" en la que por única vez se permite jugar, ser libre. Un intermezzo con "Honey Don't" y luego el dial a la 102.3 de nuevo: "You Are Mine", un tema nuevo de Richard Page en plan soft rock con aires de world music; "Africa" de Toto; "Oye como va" de Tito Puente; "Love is the Answer" de Rundgren. Magistrales interpretaciones con sonido prístino, vale aclarar.
La metodología se repetía: "I Wanna Be Your Man" como puntita beatle y más hits ochentosos como "Broken Wings" y "Hold The Line" (de lo más cantado de la noche). Y por último el tandem "Photograph" (donde volvieron las sonrisas), "Act Naturally" y "With a Little Help From My Friends", con una coda de "Give Peace a Chance" que sonaba mientras los presentes sostenían emocionados los dedos en V y la cámara que transmitía imágenes a las pantallas se posaba en la cúpula del Planetario, desde donde otra letra, la M, refulgía en la noche y miraba todo con la panza llena.